EL EMPEÑO MISIONERO DE LOS LAICOS
Documento de la
Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos
Pentecostés de 1970
ÍNDICE
II - ACCIÓN MISIONERA DE TODOS LOS LAICOS
A) Servicio para el progreso
B) Servicio para la salvacióna) La cooperación misionera en la misma comunidad
b) La colaboración en la actividad misionera con los no-cristianos1. Testimonio de vida
2. Testimonio de la palabra
3. Participación en el esfuerzo del sacerdocio ministerial
III - COMPROMISO MISIONERO PROPIO DE ALGUNOS LAICOS
a) Aspecto espiritual y moral
b) Aspecto científico y técnicoC) Inserción del laico extranjero en su nuevo ambiente
a) Inserción cultural
b) Inserción eclesial
c) Coordinación de los laicos entre sí
IV - APOYO DE LA IGLESIA A LA ACCIÓN MISIONERA DE LOS LAICOS
INTRODUCCION
Nuestro tiempo, se ha dicho, es el tiempo de los laicos, subrayando con esto, a justo título, la importancia y la urgencia crecientes de su acción.
El Concilio Vaticano II reconoce esto, hablando frecuentemente de la dignidad del laicado, de su papel, de sus derechos y de sus deberes.
Ahora bien, en la Iglesia, las situaciones y los cargos no tienen por fin el honor o la ventaja personal de quienes los poseen, sino que todos los carismas distribuidos por el Espíritu Santo están ordenados a la edificación del Cuerpo de Cristo; para eso son recibidos y a eso debe estar encaminado su ejercicio. Cada uno debe, pues, considerar su condición sacerdotal, religiosa o laica como un don especial y muy precioso, como un talento del que tendrá que dar cuenta al Dueño del campo y de la cosecha. A los cristianos, que siguen a Cristo muerto y resucitado, Señor de los hombres y del mundo, corresponde particularmente ofrecer a los hombres de su tiempo, en la medida que puedan, las luces del Evangelio y los sacramentos de la Iglesia.
Este esfuerzo misionero de los laicos, siempre necesario, puede y debe extenderse actualmente a todas partes. El mundo moderno se ha transformado de tal modo que, dondequiera que sea, se encuentran hombres que todavía no creen o que han dejado de creer en Jesucristo. La Iglesia está apenas presente en ellos, o no lo está en absoluto. Sin embargo, por motivos de turismo, de trabajo o de apostolado, hay cristianos que viven entre pueblos no-cristianos; y, recíprocamente, no-cristianos, estudiantes y obreros sobre todo, que residen en países de tradición cristiana, constituyendo en ellos un importante problema social y religioso. El encuentro entre cristianos y no-cristianos, aunque en proporciones y condiciones muy diversas, tiene ya lugar, por tanto, en todos los países. Consecuentemente, todos los cristianos, y especialmente los laicos, dondequiera que se encuentren, se enfrentan con la actividad misionera, que requiere la participación de todos.
Ya sea que, en una sociedad determinada, la comunidad cristiana sea mayoritaria, minoritaria o aun mínima, conviene siempre que los laicos ejerzan su papel de santificación (Lumen gentium 31; Apostolicam actuositatem 16) y de consagración del mundo (Lumen gentium 34) extendiendo en él el espíritu del Evangelio.
Muchos lo harán en su propia patria. Otros, por vocación especial o a causa de las necesidades de la vida y de su profesión, trabajarán en el extranjero. Pero tanto a unos como a otros se impone con urgencia el deber de una acción apostólica general hacia todos los hombres y de una irradiación misionera hacia los no-cristianos, sobre todo en nuestro tiempo, en el cual una secularización creciente, que puede tener aspectos buenos, presenta el peligro de degenerar en materialismo arreligioso o antirreligioso.
Consciente de esta situación, la Congregación para la Evangelización, reconociendo el valor irremplazable del laicado y deseosa de ayudar su acción, le propone las siguientes orientaciones, que podrán facilitar su reflexión sobre sus diversos empeños.
I - PRINCIPIOS TEOLÓGICOS
Como subraya vigorosamente el decreto conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia, " a toda la Iglesia es misionera y la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios " (Ad gentes 35). Todos los cristianos deben también prestar su ayuda a la difusión del Evangelio, cada uno según sus posibilidades, sus talentos, su carisma y su ministerio en la Iglesia (Ad gentes 28).
Por tanto, " la Iglesia no será signo perfecto de Cristo mientras no exista y trabaje con la jerarquía un laicado propiamente dicho " (Ad gentes 21).
La Lumen gentium define a los laicos del siguiente modo: " Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido un orden sagrado y los que están en estado religioso reconocido por la Iglesia, es decir, los fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en Pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen, por su parte, la misión del pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo " (LG 31).
" A los laicos pertenece, por propia vocación, buscar el Reino de Dios, tratando y ordenando según Dios los asuntos temporales " (LG 31).
El trabajo de los laicos es absolutamente necesario, especialmente para la actividad misionera: " El Evangelio no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en el trabajo del pueblo sin la presencia activa de los seglares " (Ad gentes 21).
Esta acción de los laicos para la extensión a todo el mundo del anuncio del Evangelio puede ejercerse de diversos modos.
Permaneciendo en su propia comunidad cristiana, pueden ya todos cooperar, de diversas maneras, en la actividad misionera. De este modo llenan un papel precioso e imprescindible.
Estableciendo contacto con los no cristianos en su vida social y profesional, pueden ellos más directamente dar el testimonio cristiano de la vida y de la palabra, y colaborar así más estrechamente a la actividad misionera.
Finalmente, algunos de entre ellos, sea autóctonos sea extranjeros, podrán ser explícitamente enviados por la Iglesia hacia " aquellos que no creen todavía en Cristo " (Ad gentes 6). Estos consagrarán toda su actividad al anuncio del Evangelio, realizando así la vocación misionera que propone el Decreto Ad gentes 23.
A través de estos diversos compromisos, es siempre el mismo el deseo fundamental que empujará a los laicos a " ser testigos de Cristo " para la salvación del mundo.
Los laicos darán este testimonio según una justa concepción de su propia vocación. Ellos son a la vez miembros del Pueblo de Dios y de la Ciudad terrestre, y lo son plenamente. Es, por tanto, a esas dos comunidades, a las cuales pertenecen por igual, y en ellas, donde les corresponde ejercer, con plena conciencia de su responsabilidad, un servicio penetrado todo él de fe y de caridad.
Según esta vocación humana y cristiana, sostenidos por las gracias de su estado, colaboran al progreso terrestre temporal así como al destino eterno de los hombres, en la armonía de un pensamiento y una vida unificados.
Entre el esfuerzo por el progreso humano y el esfuerzo de la evangelización no hay, en efecto, si son bien comprendidos, oposición, ni siquiera separación, sino convergencia y armonía.
El progreso integral, a partir del desarrollo material indispensable, mediante el avance cultural, debe conducir a una elevación de la conducta moral: lo precario de los individuos y de las cosas tiende a ser sobrepasado por el impulso hacia un fin supremo, para así adquirir una significación y un valor duraderos, mejor aún, eternos, para la humanidad entera (Populorum progressio 16 y 17).
Recíprocamente, la evangelización, aportando la luz y la gracia de Dios y de Cristo, puede y quiere extender sus efectos, por la transformación de los corazones y de las costumbres, hasta el progreso práctico. Para que el mundo sepa que el Hijo del hombre perdona los pecados, y para significar la venida del Reino de Dios (Ad gentes 12), el Pueblo de Dios debe transformar de tal modo a los hombres, paralizados por tantas pasiones y tantos males, que se levanten y caminen en la fraternidad, la paz y el bienestar (cf. Mt 9,5-6).
Evitando, pues, un dilema que intentaría forzarle a escoger entre desarrollo y civilización, y rechazando una confusión que tomaría el uno por la otra, el cristiano unirá armoniosamente, en su pensamiento y en su vida, el servicio para el progreso y el servicio para la salvación.
II - ACCIÓN MISIONERA DE TODOS LOS LAICOS
Servicio para el progreso
La aspiración a la fraternidad y a la mutua ayuda universales
(Apostolicam actuositatem 14), sin distinción de raza, de condición social
o de región, es propiamente un signo de nuestro tiempo. El cristiano toma
parte en ella con una intensidad especial, porque, para él, este servicio,
como todo otro, se alimenta de la caridad sobrenatural de Dios Padre,
derramada en los corazones, por la cual ama a los otros hombres como a sí
mismo: " los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de
los hombres de este tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren,
son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de
Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón
" (Gaudium et spes 1).
El servicio para el progreso se ejercerá de diversas maneras, muchas de las cuales han sido señaladas por el Concilio Vaticano II:
- Los laicos cristianos
deben reconocerse y proclamarse miembros de las sociedades en vías de
desarrollo donde vivan; gracias a los diversos encuentros y trabajos de
la vida ordinaria, están llamados a tomar parte en la vida social y
cultural (Ad gentes 11), abriendo de este modo su propia comunidad al
mundo.
- Deben conocer las
tradiciones de estas sociedades, aun las no cristianas (Ad gentes 11);
si son extranjeros, habrán de aprender la lengua.
- Por el ejercicio de su
profesión, cooperan ya al progreso general de la Ciudad terrestre (Ad
gentes 21). - Pondrán empeño en añadir a ello iniciativas
particulares enfocadas al desarrollo económico-social (Ad gentes 21),
al progreso de la educación y de la cultura.
- Buscarán el modo de
instaurar en su propio ambiente un orden moral de justicia y de caridad
orientado ya hacia las llamadas del Evangelio (Ad gentes 19).
- Participarán en las
grandes instituciones de progreso, nacionales e internacionales,
católicas, interconfesionales y mundiales, abandonando así todo
espíritu de particularismo (Ad gentes 12); recíprocamente, acudirán,
dado el caso, a estas instituciones y se aprovecharán de sus
servicios.
- Tomarán parte en los
movimientos de opinión en favor de la paz y de la mutua ayuda generosa
entre los pueblos.
- Será ventajoso para
los laicos, en el ejercicio de estas diversas actividades, acudir a las
luces de personas competentes, según el ámbito de su trabajo; será
también muy útil, en un espíritu de sano pluralismo, recurrir a los
consejos, y aun a la colaboración, de personas y de grupos procedentes
de religiones diversas.
El servicio para el progreso no se deberá ejercer solamente en los países en vías de desarrollo, sino también en los países técnicamente adelantados. En efecto, éstos cuentan con millones de inmigrados, por lo demás frecuentemente no-cristianos, que hacen sus estudios o encuentran trabajo allí. Estas personas, particularmente al comienzo de su permanencia, son frecuentemente abrumadas por la indiferencia del ambiente y aun por el ostracismo desolador. Sufren de soledad al mismo tiempo que de pobreza: están privados de ayudas morales y, con frecuencia, ningún nuevo cuadro social viene a reemplazar al que han debido dejar.
Junto al ministerio de sacerdotes bien escogidos a este fin, hay lugar para una acción multiforme de los laicos cristianos entre estos inmigrados. A ellos corresponde, en gran parte, sensibilizar la opinión respecto de este problema, cuyas dimensiones y urgencia son demasiado ignoradas, para que los extranjeros no sean explotados, ni siquiera olvidados, sino fraterna y respetuosamente reconocidos, acogidos y ayudados. En particular:
- Laicos bien informados
de los países que reciben deben ponerse en contacto con las autoridades
civiles y religiosas del país que envía para precisarles las
posibilidades y dificultades de una tal inmigración.
- Personas entregadas y
técnicamente capaces deben organizar servicios de primera acogida y de
inserción en el nuevo ambiente, a fin de que sean resueltos los
problemas vitales (habitación, nutrición_), los problemas
profesionales (contrato, salario, garantías sociales), los problemas
académicos (inscripción, escolaridad, participación en la vida
estudiantil).
- Laicos del país que
acoge formarán con los que llegan grupos de amistad y de encuentro,
basados en las afinidades naturales: lenguas, profesiones, residencias,
pasatiempos.
- Con frecuencia será útil poner a disposición de los inmigrados centros donde se encuentren entre ellos y con los laicos del lugar.
No ha de ser una cosa calculada, sino el ejercicio, en fe, de una sencilla fraternidad que ve en todos los hombres hijos de Dios y hermanos de Cristo (Ad gentes 38).
Sin embargo, las iniciativas particulares, por muy generosas que sean, tendrían poco resultado si no se afrontara decididamente una reforma profunda del conjunto de las estructuras temporales, y, por consiguiente, también de los hombres que las crean, las mantienen o las cambian según sus preferencias.
Que las naciones ricas rehúsen dar a las naciones pobres el 1 por 100 de su renta, que los gastos militares no sólo bloqueen, sino que hagan disminuir los créditos de mutua ayuda internacional..., he aquí hechos que demuestran los efectos nocivos del nacionalismo y del racismo, del capitalismo, en una palabra: del egoísmo de los hombres (Gaudium et spes 25, 37, 49, y enc. Populorum progressio).
Así, el verdadero servicio para el progreso, para ser un logro en su conjunto, debe alcanzar y " convertir " en profundidad las actitudes del hombre, llevarle a amar a su prójimo como a sí mismo por amor de Dios, que ama a todos los hombres. Servicio para el progreso y servicio para la salvación se reclaman y se complementan el uno al otro.
Servicio para la salvación
Todo servicio para el progreso del hombre, puesto que proclama de hecho su dignidad, es ya una preparación al anuncio de salvación en Jesucristo; pero no reemplaza este anuncio ni dispensa de él.
Al ayudar con todas sus fuerzas al progreso temporal de la humanidad, los laicos tendrán siempre, como la más alta de sus intenciones, el empeño de penetrar este progreso del espíritu del Evangelio (Ad gentes 12). Ellos se saben destinados y comprometidos a esta función por su bautismo y por su confirmación. Estos sacramentos, con las gracias que confieren, los constituyen testigos de Cristo. Todos, pues, tienen el deber de responder a ellas con fidelidad; todo cristiano recibe el encargo y las gracias que lo constituirán testigo de Cristo si responde fielmente a ellas. Es éste un deber universal.
Por la fe, los laicos cristianos saben que, al fin y al cabo, no pueden ellos aportar a los hombres nada más valioso que Cristo, modelo del hombre perfecto (Ad gentes 8), la Iglesia, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad del género humano (Lumen gentium 1), la gracia, que, transformando al hombre " en la justicia y santidad de la verdad " (Ef 4,24), le hace capaz de las virtudes requeridas para el progreso " de todo el hombre y de todos los hombres ", en un " desarrollo integral " (enc. Populorum progressio).
Según el decreto conciliar sobre la actividad misionera de la Iglesia, este fin admirable será perseguido y alcanzado más o menos plenamente " por el ejemplo de vida y el testimonio de la palabra ". A ello se tenderá a la vez en la misma comunidad cristiana y por una proyección fuera de ella hacia los no-cristianos.
La cooperación
misionera en la misma comunidad
Dado que " la Iglesia entera está en estado de misión " (Ad
gentes 35), el sostén de la acción misionera debe ser proporcionado
por todos sus miembros en cada una de sus comunidades, tanto las que se
encuentran todavía en vías de formación (Ad gentes 21) como las ya
plenamente formadas. Por consiguiente, en todas las partes del mundo,
los laicos son llamados a la cooperación misionera según formas
determinadas por las circunstancias y por las directivas de la Iglesia
después de considerar las fuerzas y las corrientes que por ella fluyen.
El Concilio Vaticano II ha hecho especialmente las recomendaciones siguientes:
- Los laicos deberán
desarrollar en sí mismos y en los demás el conocimiento y el amor
a las misiones (Ad gentes 41). A este fin se informarán regular y
exactamente sobre ellas.
- Tendrán empeño en
procurarles ayudas: la oración, el sacrificio, el apoyo financiero,
eventualmente una parte de su tiempo. Conviene recordar aquí que
muchas de las grandes obras de ayuda a las misiones, como la Obra de
la Propagación de la Fe o la de San Pedro Apóstol, deben su origen
a dos laicas, Pauline Jaricot y Jeanne Bigard, y su inmenso
desarrollo a los esfuerzos de decenas de miles de laicos. Las Obras
Misionales Pontificias, porque se dirigen sin discriminación a
todos los cristianos y están destinadas a ayudar a toda la
actividad misionera en el mundo, revisten un carácter de
universalidad que las hace particularmente recomendables. Para su
eficacia, el esfuerzo de los laicos sigue siendo determinante (Ad
gentes 41).
- En la familia y en
el ambiente en que se encuentran, los laicos pueden ayudar al
florecimiento de las vocaciones recordando el ideal misionero y
sosteniendo en él a los jóvenes llamados por Dios, a fin de que
respondan generosamente (Ad gentes 41).
- En los institutos
científicos y universidades, los profesores y los estudiantes
tienen ocasión de promover el conocimiento de los pueblos y de las
religiones no-cristianas, ayudando así a los misioneros en sus
estudios y preparándolos para el diálogo con los no-cristianos (Ad
gentes 41).
La colaboración en la actividad misionera propiamente dicha en relación con los no-cristianos
Como ya se ha señalado, los movimientos de pueblos característicos del mundo moderno hacen que los no-cristianos - obreros, estudiantes, turistas - se encuentren de un modo ocasional o estable en países de tradición cristiana. Sucede así que la actividad misionera se puede ejercer en todas las partes del mundo. En todas las partes del mundo se les presenta, por tanto, a los laicos la ocasión de colaborar en ella explícita y directamente.
En ocasiones la comunidad cristiana se encontrará frente a una minoría de no-cristianos, o tal vez será ella misma la minoría en una sociedad de mayoría no-cristiana. La diferencia de estas dos situaciones no modifica, sin embargo, lo esencial del deber de los laicos; sin ellos, el Evangelio no podrá penetrar profundamente en la vida del ambiente no cristiano (Ad gentes 21); con ellos, la Iglesia no será ya extranjera a ese ambiente sino que comenzará a transformarlo (Ad gentes 21).
Este trabajo de inserción y de testimonio deberá, por otra parte, realizarse con un gran respeto a la libertad religiosa de los no-cristianos y conforme a su óptica cultural y social, sin ligámenes indebidos con influencias extranjeras profanas. En estas condiciones la integración de la Iglesia al medio no-cristiano permitirá llegar más fácilmente y mejor a la presentación explícita del Evangelio.
Testimonio de
vida.
Este testimonio fundamental es, por lo demás, siempre posible. En
primer lugar, implica el hecho de que el cristiano cumpla de un modo
excelente sus deberes temporales en la sociedad humana.
En la familia, la profesión y las otras funciones sociales, los laicos cristianos tendrán un gran empeño en mostrar, en la medida que les sea posible, una tal competencia técnica, una conciencia tan fina, una entrega tal a los demás, que aparezcan como la manifestación de una humanidad evolucionada, pacífica y dichosa, a ejemplo de Cristo, su Maestro (Ad gentes 8.9). Sucederá así que, " viendo la excelencia de sus obras ", los otros llegarán a interrogarse y a interrogarles sobre la fuente de ellas.
En todas las circunstancias, los cristianos deberán tener cuidado de dar buen ejemplo a aquellos que no tienen su misma fe, por su modo de comportarse, de hablar y de actuar, tanto en su país como en el extranjero, y sobre todo ante pueblos pobres y de mentalidad diferente.
Testimonio de la
palabra.
Los laicos cristianos, movidos por el celo misionero que les es propio
(Ad gentes 35), no podrán ni querrán callarse siempre que les sea
posible anunciar a Cristo. - Se tratará a veces de coloquios
privados, " en un diálogo sincero y perseverante " (Ad
gentes 11) con ocasión de amistades y de afinidades. - Se dará otras
veces la proclamación ordenada y explícita del mensaje cristiano por
la enseñanza en los centros de educación, o utilizando los medios de
comunicación social. - Ciertos cristianos bien preparados podrán
recibir y garantizar un oficio especial de anunciar a Cristo; es éste
el caso de los catequistas o de otras personas llamadas por la Iglesia
al servicio directo de la palabra (Ad gentes 21).
La transmisión del mensaje presenta verdaderas dificultades, debidas a la diferencia de lenguas, de culturas, de presupuestos ideológicos. Requiere serio estudio y reflexión previos, tanto para conocer lo esencial del mensaje que se ha de transmitir como para realizar las transposiciones necesarias en el modo de expresión.
Participación en el
esfuerzo del sacerdocio ministerial.
En muchas comunidades se ofrecerán también a los laicos otras
ocasiones de prestar un servicio a la conservación y propagación de
la fe, según las posibilidades de su propio carisma. En concordancia
con los sacerdotes, religiosos y religiosas, podrán dar la formación
catequética a los niños y a los catecúmenos, encargarse en la
liturgia de la proclamación y, dado el caso, de la explicación de la
Sagrada Escritura. Participarán en el ministerio de la Eucaristía,
conservando el Cuerpo de Cristo en el tabernáculo y distribuyéndolo
a los fieles y a los enfermos, según las directrices de la jerarquía
local.
Tendrá grandes ventajas el confiar a los laicos mejores y más disponibles una gran parte de la responsabilidad evangelizadora, trátese de laicos provenientes del mismo país o venidos del extranjero.
III - COMPROMISO MISIONERO PROPIO DE ALGUNOS LAICOS
Como se ha dicho anteriormente, ciertos laicos consagran la totalidad de su actividad a la extensión del Evangelio. En las situaciones más diversas, esta extensión es su intención primaria y la regla de sus opciones, según el ideal del misionero propuesto por el decreto Ad gentes 23.
Sean autóctonos y trabajen en su propio país, sean venidos de otra región, ellos se dirigirán siempre a los no-cristianos para anunciarles a Cristo.
Es preciso determinar las exigencias especiales que se imponen en este caso para la elección y la formación de los candidatos, así como para su inserción en el medio ambiente.
Selección
Teniendo en cuenta la experiencia, ya se ha llamado la atención (motu proprio Ecclesiae Sanctae III, 24) sobre los siguientes criterios de selección:
Primero y ante todo, la
intención sincera de servir, bajo formas diversas pero con una
intención manifiestamente clara y vigorosa, a la misión redentora de
Cristo y de su Iglesia, en el mundo y con el mundo, para la salvación
de los hombres y la gloria de Dios (Apostolicam actuositatem). Un
sentimiento humanitario, aun generoso, no bastaría.
Una salud suficiente, una
madurez de carácter en la que se den el buen sentido y juicio, firmeza
y perseverancia, apertura a los demás y ágil disponibilidad para el
trabajo, espíritu de iniciativa y de cooperación.
Una capacidad
profesional, adquirida no sólo teóricamente, sino practicada en
concreto al contacto con la realidad vivida, a ser posible.
Si se trata de una
persona extranjera al país en que trabaja, la voluntad de una
permanencia suficientemente larga en dicho país, teniendo en cuenta la
naturaleza y las exigencias del servicio en cuestión.
Formación
" La formación para el apostolado supone una cierta formación humana, íntegra, acomodada al ingenio y a las cualidades de cada uno " (Apostolicam actuositatem 29), a fin de que los candidatos a la actividad misionera puedan llevar digna y fructuosamente el cargo que les será confiado, en circunstancias que no siempre serán fáciles.
Se necesita, por tanto, antes de ponerse al trabajo, una cuidadosa preparación. En ella participarán, con el apoyo de la jerarquía, formadores laicos experimentados, sacerdotes aptos escogidos a este fin, y toda la comunidad cristiana; ésta debe sentirse responsable de aquellos de sus miembros que envía hacia los no-cristianos.
Aspecto espiritual y
moral
El fundamento de todo el edificio espiritual consiste en un espíritu de
fe viva. Esta fe es la que sostendrá una caridad siempre dispuesta a
darse en el servicio de Dios y del hombre, y mantendrá una esperanza que
no se desmentirá jamás. A causa de la dificultad de comunicaciones, de
la diversidad de mentalidades y caracteres, el éxito puede con frecuencia
hacerse esperar, y más de una vez el misionero deberá perseverar a pesar
de la falta de éxito, y conservar la esperanza a pesar de las apariencias
contrarias. " La esperanza escatológica del cristiano no disminuye
el valor de sus responsabilidades terrenas; al contrario, las sostiene, y
las lleva a término por nuevos motivos " (Gaudium et spes 21).
Estas virtudes teologales, recibidas de Dios como un don gratuito, deben
ser cultivadas y conscientemente relacionadas con la vida y acción de
cada uno. Entre los medios a emplear para ese fin, citamos la frecuencia
de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía; la vida litúrgica,
especialmente por la participación en el sacrificio divino; el espíritu
de oración mantenido en la vida ordinaria; el espíritu de sacrificio y
de renuncia por el servicio emprendido.
La perseverancia de los laicos en su ideal y en su trabajo misioneros
constituye uno de los testimonios más elocuentes que puede haber; el
ejemplo de su esperanza, que no puede ser confundida, es una respuesta a
la universal búsqueda humana de " alegría y de esperanza "
(Gaudium et spes 1).
Aspecto científico y
técnico
" Además de la formación espiritual, se requiere una sólida
instrucción doctrinal, incluso teológica, ético-social, filosófica,
según la diversidad de edad, de condición y de ingenio "
(Apostolicam actuositatem 29).
Esto es cierto para los laicos misioneros que han de anunciar a Cristo a
los no-cristianos de su propio país. Y lo es todavía más para aquellos
que pretenden hacerle conocer en una nación y pueblo al que no pertenecen
por nacimiento.
A éstos, el decreto Ad gentes les pide que adquieran un conocimiento
suficiente de la historia, de las estructuras morales y religiosas de su
nuevo medio ambiente (Ad gentes 26). Es preciso también que aprendan la
lengua de un modo que les permita servirse de ella correcta y fácilmente
(Ad gentes 26).
Inserción del laico
extranjero en su nuevo ambiente
A los laicos misioneros que vienen del extranjero se les pide un esfuerzo
particular para inserirse en el ambiente.
El esfuerzo de adaptación, nacido de una profunda simpatía y de un incesante deseo de aprender, es la condición sine qua non de su apostolado, que sin él no podrá ejercitarse fácil y eficazmente en pueblos legítimamente orgullosos de su cultura y aferrados a su independencia.
Inserción cultural
Es preciso tender más y más a la integración cultural, tanto por los
esfuerzos de preparación señalados anteriormente como por la búsqueda
de una consciente e incesante identificación con el pueblo: sus
costumbres, sus necesidades, sus problemas, sus iniciativas en el plano
económico, social, cultural propiamente dicho. En todos esos planos, la
opción de los laicos cristianos debe hacerse con una libertad y una
responsabilidad adultas. Los laicos extranjeros deben ciertamente
abstenerse de toda intromisión en las situaciones políticas del país
donde trabajan, pero el cooperar al establecimiento de la justicia y del
progreso social para todos constituye para ellos un deber.
La adaptación psicológica
y de las costumbres permitirá iniciar más fácilmente el diálogo con
los no-cristianos; así se evitará también mejor el peligro de trasladar
al nuevo ambiente las costumbres y las obras cristianas del país de
origen sin tener en cuenta las particularidades locales, cosa que
perjudicaría al apostolado.
Inserción eclesial
Esta inserción requiere del laico que se sienta, se quiera y se muestre
miembro e hijo de la Iglesia local: cumpliendo fielmente sus deberes
religiosos, manteniendo contacto con los pastores y los fieles de esta
Iglesia, participando, en la medida requerida, en las obras propiamente
religiosas y cristianas.
Ya que la Iglesia local
representa a la Iglesia universal en la región en cuestión, la actividad
del laico debe inserirse enteramente en el plan de conjunto establecido
por la jerarquía local. El laico en actividad misionera en una diócesis
debe estar en comunión con el obispo, que es en ella el jefe y el centro
de unidad (Ad gentes 30).
Las agrupaciones, aun internacionales, cuidarán de integrarse ellas
también en la pastoral de conjunto de la diócesis y de la Conferencia
Episcopal del lugar (Apostolicam actuositatem 26; Ad gentes 30, 31, 38).
La forma concreta de
relación entre el laico y la jerarquía puede variar según la naturaleza
del apostolado que ejerce. Se podrían distinguir, a grandes rasgos, dos
casos principales:
- En el plano puramente
temporal, los laicos son independientes y la jerarquía se limita a
recordar, eventualmente, los principios cristianos en ese campo, o
también, si las circunstancias lo exigen, a declarar, después de
madura consulta y reflexión, que tal institución o acción responde
o no a dichos principios.
- " Puede además la autoridad eclesiástica, por exigencias del bien común de la Iglesia, de entre las asociaciones y empresas apostólicas, que tienden inmediatamente a un fin espiritual, elegir algunas y promoverlas de un modo peculiar, en las que toma su responsabilidad especial. Así, la jerarquía, ordenando el apostolado con diverso estilo, según las circunstancias, asocia más estrechamente alguna de sus formas a su propia misión apostólica, conservando, no obstante, la propia naturaleza y peculiaridad de cada una, sin privar, por tanto, a los seglares de su necesaria facultad de obrar espontáneamente. Este acto de la jerarquía, en varios documentos eclesiásticos, se llama mandato_ " (Apostolicam actuositatem 24).
Coordinación de los
laicos entre sí
Tanto para su formación como para su acción, es en general muy útil que
los laicos se agrupen entre sí por medio de asociaciones. Es derecho suyo
el fundarlas, darles un nombre, atribuirles formas diversas según las
circunstancias, administrarlas, adaptar su acción a las diferentes
naciones (Apostolicam actuositatem 19).
Sin embargo, la
proliferación de asociaciones idénticas en su fin y en su estilo
amenazaría el rendimiento de las fuerzas y la claridad de la acción; por
el contrario, uniones nacionales e internacionales, realizadas entre
muchas asociaciones, podrán crear y utilizar en común oficinas de
selección, de encuesta y de planificación (motu proprio Ecclesiae
Sanctae III, 24).
IV - APOYO DE LA IGLESIA A LA ACCIÓN MISIONERA DE LOS LAICOS
Es un grave deber de las comunidades cristianas, locales, diocesanas y nacionales, el promover y sostener la actividad misionera de los laicos. Ellos son el instrumento de la catolicidad de su comunidad.
Las comunidades de origen, tomadas en su conjunto, establecerán obras en favor de estos laicos, mantendrán con ellos estrecho contacto, les ayudarán espiritual y materialmente.
En el caso de los laicos que marchan al extranjero, sea por elección personal, sea en sustitución del servicio militar, la ayuda en cuestión se manifestará no sólo antes y durante su estancia en él, sino también a su vuelta, a fin de asegurar la adecuada y armoniosa reincorporación social de los laicos que retornan a su país.
En los mismos países donde los laicos colaboran en la actividad misionera, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, lejos de alimentar respecto de ellos un espíritu de superioridad o una actitud de alejamiento, tendrán gusto en unírseles fraternalmente, introducirlos lo más pronto y lo mejor posible en el esfuerzo común, en un trabajo específico conforme a la formación de cada uno. Tratándose de personas adultas y que generalmente tienen ya una verdadera experiencia, tienen el deber y el derecho de que se les confíen actividades auténticas y de desarrollar verdaderas responsabilidades, con la debida medida de libertad y de decisión, sobre todo en el ejercicio de su actividad profesional. Los laicos, recíprocamente, procurarán establecer y desarrollar relaciones abiertas y constructivas con los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y toda la comunidad.
Según la petición urgente y repetida de los laicos, la comunidad les proporcionará un auténtico apoyo espiritual. Sacerdotes aptos, destinados al efecto, les consagrarán el tiempo y el esfuerzo fraterno que merecen personas deseosas de un servicio auténticamente cristiano, ayudándoles a perseverar en la preocupación por una vida evangélica y un trabajo generoso.
Las personas consagradas que, por su vocación, no tienen y no pueden tener responsabilidades directas de orden temporal, recordarán que los laicos, por su parte, están inseridos en el mundo: es éste su derecho y su deber. Deben, ellos y su familia, poder vivir decentemente del empleo que tienen; si son expatriados temporalmente, deben poder contar, al regreso a su país, con la posibilidad de una reintegración conveniente.
Así pues, los laicos al servicio de la misión deben recibir, según las posibilidades, y en los términos de un contrato, una retribución conveniente; y estar a cubierto contra los diversos peligros, la enfermedad, la vejez, por un sistema de seguros (motu proprio Ecclesiae Sanctae III, 24,4).
Más todavía que las posibilidades económicas, lo que anhelan legítimamente los laicos es un espíritu de fraternidad que respete su estado propio y su tarea evangélica.
En el nivel de las estructuras, se debe dar un lugar conveniente a los laicos en los consejos pastorales de la parroquia y de la diócesis, así como en las Comisiones de las Conferencias Episcopales, con el fin de que estas asambleas se aprovechen de sus experiencias y consejos y tomen sus decisiones en caridad y concordia (Christus Dominus 27; Apostolicam actuositatem 26; motu proprio Ecclesiae Sanctae I, 15-17 y II, 20).
Esta unión de corazones y de vidas, en el nivel privado así como en el de las instituciones, será una de las mejores formas de testimonio entre los no-cristianos.
CONCLUSIÓN
Por la fe, los cristianos saben que la humanidad y el mundo son amados por Dios y promovidos por El al más sublime destino. Creen que todo hombre, sépalo o no, está llamado a completarse finalmente en Cristo; por tanto, aquel que rechazare al hombre rechazaría también a Cristo y a Dios.
Precisamente a la luz de esta llamada buscan los cristianos sincera y plenamente la promoción humana bajo todos los aspectos y en todos los niveles; y ésta es la razón por la cual, con todo el corazón, toman parte en las grandes tareas actuales de la humanidad: cada laico es, por eso, signo del Dios vivo y testigo de Cristo resucitado ante los hombres.
La Carta a Diogneto (n.6), con
una sola frase, fijaba ya a este respecto un programa válido para todos los
tiempos: " lo que el alma es para el cuerpo, eso deben ser los cristianos
en el mundo ".
Pentecostés 1970.
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